jueves, mayo 05, 2005

Huesos contra Galinda

Un mediodia mas, Divis se despertó con el sonido de su despertador pollo. Bueno, pensó, otro examen a tomar por el culo. Se puso en pie y caminó hasta el cuarto de baño. Cerró la puerta y vomitó a escopetazos en el lavabo. Una papilla violeta con tropezones negros, producto del tóxico calimocho ingerido la noche pasada. Pensó en la noche pasada. Pensó en todas las noches pasadas. en realidad, siempre era la misma patética noche, repetida una y otra y otra vez. era de locos seguir intentándolo. Abrió el grifo de la ducha y ajustó la temperatura del agua. Después entro dentro y se quedó ahí parado. Su nabo volvía a estar tieso igual que una vara de medir niños de escuela. Divis lo sostuvo en la palma de la mano como si fuese una rata muerta y se hizo una paja lenta y somera, pensando en todas las conejos a las que llamaba “amigas”. María, Pili, Marta, Esther, Iria ... pensó en las tetas de todas ellas, en sus pezones y sus lenguas, mientras el agua de la ducha le chorreaba por el glande. Cada vez había mas pezones, mas culos, más lenguas. Finalmente se corrió, sin sentir apenas nada. se enjabonó y aclaró, salió de la ducha y se hizo otra nueva paja en el retrete. la del desquite.
En la calle, el sol abrasaba las aceras, las ruedas y capos de los coches. De las bragas de las verduleras salía una fumata negra. Los pajaros chirriaban por sus picos enfermos. Las palomas se cagaban en los parques y las calvas seborreicas de desdentados jubilados. Una tempestad de cagadas y fuego solar. Divis entró en un bar. Se sentó en la barra y pidió una fanta de naranja. La camarera se rió de él. era un clon de Galindo, el pizpireto y monstruoso colaborador de crónicas marcianas, en versión femenina.
¿de qué te ríes, hija de puta? tienes suerte de no romper los espejos cuando pasas frente a ellos – gritó Divis.
el clon de Galindo sirvió la fanta de naranja con lagrimas de hilaridad en los ojos.
la quiero con pajita, puta.
El clon trajo la pajita y se retiró al almacén con nuevas carcajadas histriónicas.

El bar estaba vacío. Vacío de gente, vacío de vida. incluso vacío de muerte. Divis se preguntó si alguien más aparte de él había entrado alguna vez en aquel tugurio. Se bebió su fanta con parsimonia, pensando en todo lo que había hecho mal a lo largo de su vida. Bueno, todo había empezado en el momento de nacer y terminó justo en el momento en que había apoyado el trasero en el taburete de aquel lugar. Sacó una moneda de euro y la dejó junto al vaso vacío con hielos. Cuando se disponía a abrir la puerta de salida, escuchó unos berridos. Procedían del almacén. eran unos berridos horrendos, similares a una cacería de focas. Divis, saltó la barra, recordando las valiosas técnicas de salto de potro aprendidas en su etapa de formación claretiana y pasó directamente al almacén.
El lugar era oscuro, húmedo y tumefacto. En un rincón a la derecha, había una bombilla colgando del techo. Expelía una macilenta luz verduzca. incluso aquella luz apestaba. debajo de la luz estaba Galinda. sentada a cuatro patas entre charcos de cerveza derramada, en pelota viva y manoseándose la pescadilla. Su pequeño y deforme cuerpo varicoso se estremecía entre espasmos y berridos como una pequeña serpiente agonizando.

Sabía que entrarías aquí – dijo Galinda, sonriendo de oreja a oreja, justo antes de expulsar a la oscuridad una flema apocalíptica.
Divis sintió como le sobrevenía una arcada y se llevó las manos a la boca para evitar el vómito.
vamos, lo he estado preparado para tu llegada – dijo el adefesio exhibiendo frente a Divis su chirla infestada en caldo de pescado podrido.
Jesucristo, es algo repugnante - respondió Divis.
Es todo tuyo - bramó Galinda.
Bestia inmunda, ¿piensas que alguien puede desear tener algo así? .
Me importa un pijo si lo deseas o no, poya de periquito. Tú vas a lamerlo y a encharcarlo hasta que ya no puedas más o de lo contrario no saldrás vivo de aquí.
Nunca he creído en Dios – dijo Divis - pero a partir de hoy creo en el Demonio.

Galinda saltó sobre su bragueta como un mastín rabioso. Antes de que el pobre chico pudiera darse cuenta, Galinda ya tenía el cacharro en el interior de su hedionda cavidad bucal. Ahora, su huesudo priamo era enteramente de su propiedad. Galinda trabajaba con furia desmedida. Parecía la Diosa Khali en ayunas, una bomba de succión. Divis cayó al suelo y comenzó a chillar y a menearse. Sintió los pequeños colmillos de Galinda inyectarse como espesas agujas de saliva caliente en la base de la poya, el escroto y el glande. Galinda iba a desmembrárle el trasunto del cuerpo y guardarlo luego como trofeo. Divis buscó a tientas, en la oscuridad. buscaba algo a lo que agarrarse o que agarrar. Era una búsqueda desesperada, y limitada a la longitud de su famélico brazo de ruandés nacionalizado español. dio con el cuello de una litrona de mahou, lo empuñó y lanzó dos secos garrotazos. el primero impactó en la traquea de Galinda, y la criatura se llevó las manos al cuello y comenzó a toser y a axfisiarse. El segundo, libre ya de su terrible presa, le abrió el cráneo como un melón de temporada.
Mientras Divis se ponía temblónamente en pie y se subía los calzones y los pantalones, Galinda liquidaba los estertores de su muerte entre aullidos:
debes dármela entera ... toda tu leche ... debes dármela entera, la necesito toda,
ahora, hasta la última gota ...